New York City: un sinfín de sabores

Texto y fotos de Julieta Groglio – Noviembre de 2014

Esta querido lector, es una invitación a que viaje a la ciudad más espectacular e intensa de América y disfrute de los más ricos sabores a través de las palabras. Una recorrida por algunos (solo algunos) de los lugares que no hay que dejar de visitar a la hora de comer.

Martes 9am. Llegamos al aeropuerto John F. Kennedy cansados después de un viaje largo en un avión demasiado pequeño y estrecho. Pasamos por la aduana y el tramite termina siendo mucho más fácil y simple de lo que esperábamos. Todo el cansancio desaparece en un instante cuando cruzamos la puerta de entrada a la ciudad que nunca duerme, con una sonrisa ancha y muchas expectativas en la valija: Nueva York nos espera para recorrerla de punta a punta.

Dejamos todo en el hotel y nos disponemos a encontrar un buen lugar para disfrutar de un desayuno americano. Pero no queremos ir a cualquier lugar, queremos ir un clásico Diner neoyorkino y sentirnos dentro de una película de Hollywood.

En el corazón de Time Square, se encuentra The USA Brooklyn Diner: un lugar perfecto para recargar energías con algunos clásicos platos caseros. Con un ambiente cálido, acogedor y de estilo antiguo, esta clásica cafetería atiende a los neoyorquinos, turistas y celebridades por igual. Los visitantes habituales incluyen dos de los residentes favoritos de NYC: Jerry Seinfeld y Tony Bennet.

La comida es realmente deliciosa: con un menú que cuenta con todo, Brooklyn Diner presenta una mezcla de platos étnicos que revalorizan la cocina del Brooklyn local. ¿Qué pedir para desayunar? Los clásicos old fashioned real buttermilk pancakes, con una porción de huevos benedictinos con salchicha italiana y bacon. El café tiene servicio de refill: elegis el que más te guste y constantemente te llenan la taza con más, para que disfrutes de tu desayuno con una bebida caliente de principio a fin.

Salimos con la panza llena y feliz, y empezamos nuestro día de caminata. La primer parada va a ser el emblemático e imponente Empire State. Luego de hacer largas filas y de ver la ciudad desde un lugar tan especial y emocionante, el estomago se abre de tanta adrenalina. ¿Y que mejor que satisfacer nuestras ansias en los clásicos Food Trucks ?

El primer carrito Food Truck nació en 1861 de la mano de Charles Goodnight: un granjero texano que montó en un vagón un horno sueco, sartenes de hierro con patas, una mesa de trabajo, utensilios y comida para acompañar a los ganaderos cuando transportaban el ganado de un lado a otro. Para el término de la Segunda Guerra, los carritos evolucionaron en forma de camiones, y para los años cincuenta, se convirtieron en moneda corriente en ferias y parques de atracciones.

Lo que los caracterizaba en aquella época era el menú: panchos, sándwiches, pretzels, helados y gaseosas. Comida rápida. Pero al pasar los años y con la crisis económica de 2008, los Food Trucks tuvieron la necesidad de reinventarse. Así fue como varios chefs de los restaurantes más exclusivos vieron en el carrito de comida una excelente inversión. Una más accesible que pagar un alquiler o afrontar los gastos para abrir un restaurante.

Nos animamos y comemos en la calle. Optamos por el clásico hot dog, que aunque no lo parezca es increíblemente picante y delicioso. Lo que si o si debe hacer uno cuando va a Nueva York es comer en la calle. Es una experiencia alucinante y reconfortante. Grandes ferias se arman entre las calles más pobladas y se llenan de puestos de comida de todos los tipos y para todos los gustos. Almorzar en Food Trucks es indudablemente la mejor opción para hacer un descanso entre tanta caminata y apreciar la ciudad desde otro lado: comida gourmet de buen sabor y a buen precio.

El sol empieza a caer lentamente y decidimos seguir el recorrido en Little Italy. Este barrio comenzó siendo uno de los más importantes de Nueva York durante décadas. Generaciones de italo-americanos hicieron sus casas aquí desde hace más de un siglo; la afluencia de inmigrantes italianos comenzó a finales de 1800, cuando el desempleo y la pobreza en Italia forzaron a muchos a emigrar y empezar una nueva vida en América.

Pero con el tiempo las cosas cambiaron. Aunque sigue poblada de un buen numero de italianos, gran parte de Little Italy ha sido repoblada en los últimos años debido a la expansión de los barrios cercanos de SoHo y Chinatown principalmente. Incluso el extremo norte de la Pequeña Italia, cerca de la calle Houston, ha dejado de ser reconocido como italiano y se ha transformado en el barrio-boutique de moda conocido hoy como Nolita.

Sin embargo, la calle Mulberry (entre Broome y Canal Street) continua repleta de restaurantes italianos que ofrecen propuestas gastronómica muy amplias y ricas. Lo mágico de este barrio es que ofrece la posibilidad de sentirse en otro país por un rato. De apreciar un poco de la cultura italiana, envolverse por las vistas, sonidos y olores de la cocina que emana de los restaurantes y pastelerías.

Caminamos sobre las calles estrechas y empedradas debajo de las escaleras de incendios de viviendas del siglo pasado, y nos cruzamos con un lugar ideal para comer algo dulce: Ferrara Bakery and Cafe. Abrió sus puertas en 1892 y hoy sigue siendo propiedad de la quinta generación de la familia. Es lo último en pastelería italiana y el lugar ideal para comer los mejores Cannoli.

En el interior de esta cafetería llena de historia se encuentran las más variadas y deliciosas opciones dulces italianas para degustar: Éclair, Cheminee, Canolli Cake, Bavarian Mignon,Cream Puff, Isabelle, Baba Ricotta, Pizza Rústica, Tiramisu, Italian Cheescake y Biscotti, por nombrar algunos. También tienen helados de diferentes sabores y hacen todo tipo de tortas. El café espresso es de otro mundo, uno de los mejores de Nueva York. El mejor lugar para los golosos.

La noche se va acercando y nos proponemos terminar el día en el cautivador barrio de Brooklyn. Se suele decir que este barrio americano es famoso por su pizza. Pero no por cualquier pizza, sino por la de Grimaldi’suna pizzeria de horno de ladrillos a carbón ubicada bajo el bello Puente de Brooklyn. Fue fundada por Patsy Grimaldi, quien aprendió a hacer pizza a los diez años en la pizzería de su tío italiano en Harlem.

Para poder entrar hay que hacer una cola de aproximadamente 20-30 minutos, porque Grimaldi’s siempre esta lleno. Siempre. Pero la espera lo vale total y completamente: las pizzas son de un tamaño bien grande (al estilo italiano) para satisfacer a varios comensales y su sabor es increíble, la muzzarella se derrite en la boca celestialmente.

Cuenta la leyenda que el mismísimo Frank Sinatra se hacía enviar las pizzas de Grimaldi’s hasta Las Vegas, de tanto que le gustaban. Los mozos son muy simpáticos y se encargan de que pases una muy buena noche. ¿La mejor pizza? La de pepperoni y la clásica de muzzarella, no fallan.

Volvemos al hotel felices, envueltos por los sabores más placenteros. Mañana nos espera otro día para sumergirnos en las propuestas gastronómicas más exquisitas y llenar el paladar y el corazón de nuevas historias.