Vermú y amor en Madrid

Texto y fotos de Julieta Groglio – Septiembre de 2014

Es jueves y la noche está extrañamente fría en la bella ciudad de Madrid. El invierno se siente en cada hueso del cuerpo, pero aun así la sonrisa no se va con nada de mi cara. Estoy visitando por primera vez el viejo continente dispuesta a recorrer cada centímetro de sus ciudades emblemáticas, a perderme en sus calles y sus historias y, por sobre todo, dispuesta a disfrutar de los grandes manjares que tienen para ofrecer.

Salimos del hostel dispuestos a encontrar un buen lugar para comer las famosas tapas españolas. Cuando llegas a España todo el mundo te pregunta: “¿Ya has ido a tapear?” “¿Cómo que aun no?”. Y decirles que no te suena como una falta de respeto, pero ellos lo entienden y te recomiendan que vayas a cualquier lado, ya que en España en todos lados sirven tapas. Caminamos rápido, hacemos cuatro cuadras, pasamos por un lugar, pasamos por otro, seguimos caminando, volvemos para atrás. “¿Y si vamos acá?”

Situado en la calle Sagasta, a pocos metros del barrio de Malasaña, se encuentra “El 2 de Sagasta Vinos”, un antiguo bodegón madrileño de madera que se caracteriza por servir el mejor vermú de vasija de la ciudad. Atendido por sus dueños, una dulce y cálida pareja española, El 2 de Sagasta Vinos es un bar de tapas que nació en 1880 y que hoy -134 años después- conserva todos los detalles de la antigua Madrid de aquel entonces y que por sobre todo, enamora por su encanto de autentico y por su historia de amor oculta.

Entramos por casualidad -o tal vez por el destino, o por el frio- y en la puerta nos recibe con un calurosa  y potente bienvenida un señor de estatura baja y sonrisa ancha: Alfonzo, el dueño de la taberna. Nos invita a pasar y nos lleva a una de las mesas del fondo. El bar está lleno de gente, la mayoría son locales que salen de trabajar y deciden terminar la fría noche con un vermú casero. Alfonzo nos pregunta de dónde somos y si es la primera vez que vamos a comer tapas. Le decimos que de Argentina y al instante se entusiasma con la idea de charlar sobre nuestro país. Alfonzo se caracteriza por ser un dueño muy atento y cálido, le encanta estar en cada detalle, conocer a sus comensales, saber qué pasa en su querida taberna y por sobre todo, le encanta hablar. Lo que más parece disfrutar es charlar con sus clientes.

La peculiaridad del lugar es que no hay una carta, todos los platos están detallados en una especie de pizarra de mármol colgada en una de las paredes de la entrada. Alfonzo vuelve al instante con tres vasos de su vermú casero. “¿Probaron alguna vez vermú? No hay nada como el vermú casero. Este lo hago yo en vasijas, acá en mi propio local. No van a probar un vermú como este en ningún otro lugar. Vean que tal está y díganme. Si no les gusta les traigo un vino.” Alfonzo se va y a los cinco minutos vuelve con una bandeja con diferentes tapas. “Esto corre por cuenta de la casa, yo invito. ¿Qué tal está el vermú?”


La Real Academia Española define la tapa como “cualquier porción de alimento sólido capaz de acompañar una bebida”. Sin embargo, la tapa tiene diversos nombres según la región española donde se tome. En Aragón y Navarra se denomina “alifara”, en el País Vasco “poteo”. Pero la gran pregunta es ¿cómo surgen? ¿Quién las creo?

Algunos afirman que para el año 1250, el rey Alfonso X de Castilla -más conocido como “el sabio”- dispuso que en los mesones y tabernas no se sirviese vino si no era acompañado de algo de comida. Esto evitaría que el vino subiese rápidamente a la cabeza. Al principio, la tapa se depositaba sobre la boca de la jarra o del vaso, por lo que “tapaba” el recipiente; de ahí el origen de la palabra. En aquellos tiempos la tapa consistía en una loncha de jamón o en rodajas de chorizo o de otro embutido y, a veces, era sustituido por una cuña de queso.

Pero también están aquellos que aseguran el origen se debe a una peculiar anécdota española. En una de sus visitas oficiales a la provincia de Cádiz, el Rey Alfonso XIII pidió en una posada una copa de jerez. En ese mismo instante, una corriente de aire entró por la ventana y, para evitar que el vino se llenara de arena de la playa, el camarero tuvo la ocurrente idea de colocar una rodaja de jamón sobre la copa. El Rey pregunto por qué hacia eso y el camarero le contesto que era una “tapa” para evitar que el vino se arruinara con la arena. Al Rey aparentemente le gustó la idea, se comió la tapa con gran entusiasmo y pidió que le sirvieran otro “con tapa y todo incluido”. Como era de esperarse, los miembros de la Corte que acompañaban al Rey pidieron lo mismo y así surgió la famosa “tapa”.

La tapa ha llegado a convertirse en una seña de identidad española, sirviéndose incluso en los banquetes de recepción a los más altos dignatarios. Con el tiempo, fue evolucionando desde una forma de aperitivo más básico, hasta una forma particular de entender la gastronomía como lo es en la actualidad.


Luego de degustar las sencillas pero increíblemente ricas tapas y de tomar un poco de vermú, Alfonzo se acerca nuevamente a nuestra mesa y nos pregunta cómo va todo. Le interesa saber sobre nuestra historia, por qué estamos allí. Pero a las dos futuras periodistas que están sentadas a la mesa les interesa saber sobre él, sobre su historia, sobre su atrapante bar y sobre la mujer que está detrás de la barra.

Criado en una familia acomodada y con una empresa familiar centrada en la exportación de té inglés, Alfonzo García había dedicado todo su tiempo a viajar por trabajo. Pero un buen día, a sus 42 años, se dio cuenta que había llegado el momento de sentar cabeza: establecerse en su ciudad de origen -la siempre mágica Madrid- y encontrar a alguien que estuviera a su lado cuando él volviera de viaje. Alfonzo quería enamorarse.

Fue así como un día, uno de sus amigos lo llevó por casualidad a un bar ubicado en la calle Sagasta a tomar una copa de vino. Detrás de la barra se encontraba una bella mujer que atendía a los comensales, la hija del dueño. Alfonzo quedó deslumbrado por su belleza y en ese mismo instante supo que esa era la mujer que quería tener a su lado.

“Me senté en la barra y le pregunte si tenía un poco de tiempo libre para casarse conmigo la semana que viene”. Cuenta Alfonzo con una pícara sonrisa. Como era de esperarse, ella le dijo que no pero quedaron en que volverían a verse dos años después. En Diciembre de 1993 Alfonzo volvió, le repitió la misma frase y con una sonrisa, la bella mujer de la barra le contesto: “vamos a probar”.

Veintidós años pasaron desde que aquel hombre de estatura baja y sonrisa ancha dejó todo por amor y se entregó al destino creyendo en algo hasta el final. Hoy, El 2 de Sagasta Vinos es uno de los bares con más historia de Madrid. Un bar sencillo y feliz, lleno de recuerdos en sus paredes que ofrece algo más que tapas y vermú casero: gastronomía con historia y motivos para enamorarse.

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